Hola a todos de nuevo, ya estoy de vuelta de un tiempo de
relax donde intente disfrutar a tope de todo aquello que siempre echo de menos,
mi familia, la naturaleza y de mi misma.
Hoy os dejo un relato que surgió tras la conversación con un
amigo, me sugirió que hiciera mis pensamientos texto y aquí estoy, intentando
convertir estas sensaciones que experimento a menudo y que no cambian de color
a pesar de que pasa el tiempo.
Aquel banco vacío
El otoño no cesa mientras caen infinitas hojas de aquel
árbol de antaño, que guarda con gran ardor aquel viejo banco vacío, lentamente
una tras otra van buscando sitio en el suelo de aquella plaza, tal vez parezcan
que son las últimas, sin embargo cuantas más caen, más hay colgadas de aquel
árbol, su tono rojizo alerta de que no tardaran mucho más en caer junto a las
que hay estirazadas en el suelo.
Quizás aquel banco parezca cansado de esperar, sin embargo
no es así, el sabe a quién espera y eso hace que no se impaciente demasiado,
pues sabe que su dueña aún tarda un poco en llegar, aunque tampoco lo sabe con
exactitud.
En aquella plaza, junto a aquel banco, una fuente con agua
cristalina, dibuja en el aire la silueta del chorro de agua que cae sin prisa
pero sin pausa, a pesar de que el paisaje nos incita a pensar en esos días
grises de otoño, el agua de aquella fuente nos impregna de su frescura, su
color y la vida que parece dormida en aquel lugar insólito donde parece no
haber nadie.
De pronto tras aquella fuente hay un sendero de musgo por el
que no pasa ni una hormiga, sin embargo si miras fijamente, se acerca una
muchedumbre de gente con atuendos extraños, ordenadamente, uno tras otro pasan
despacio por aquel lugar con la cabeza gacha, sin hablar, sin mirar, sin
detener su marcha.




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